Son las seis de la tarde de un día cualquiera de la cuarentena. Mi hija mayor se ríe y mueve la cabeza con la mirada perdida en una pared en la que refleja sus fantasías, mientras tararea una canción que escucha a solas con su móvil destartalado y sus auriculares rosados.

Mi hija pequeña colorea un rato en su escritorio, se levanta para inventar coreografías al ritmo de alguna banda de moda y luego se queda inmóvil frente a la tele, enredada en las historias de las series infantiles.

Mi marido se pone al día con películas galardonadas que no tuvo tiempo de ver o con clásicos del cine que marcaron su juventud y que ahora han sido resucitados por las plataformas de streaming.

Yo leo y escribo en la mesa del comedor. A veces produzco y consumo noticias. Y a ratos escapo de este mundo y me zambullo en el de la prosa y la poesía.

La música, el cine, la literatura, la pintura, el baile nos transporta mucho más allá de esta esquina desolada del norte de Madrid donde nos agarró la pandemia. Marzo y abril han sido llevaderos gracias al arte.

El antídoto del siglo XX

La reflexión sobre la importancia del arte en la vida del hombre no es nada nueva. Nunca fue más cierta la manoseada frase del dramaturgo irlandés George Bernard Shaw: «Sin arte, la crudeza de la realidad sería insoportable”.

Shaw nació en Dublín en 1856, en un país devastado por una hambruna que mató a un millón de personas y obligó a otro millón a migrar para sobrevivir desde un país paupérrimo de ocho millones de habitantes. El autor emigro como otros tantos irlandeses y desarrolló su prolífica carrera en un planeta convulso que atravesó dos guerra mundiales.

La experimentación, el rompimiento con las reglas para expresar la dureza y la complejidad de un mundo cada vez más atemorizante fue una constante en todas las expresiones de las bellas artes de la primera mitad del siglo XX. Pablo Picasso, Jackson Pollock, Salvador Dali, Ernest Hemingway, Scott Fitzgerald, Federico García Lorca, Franz Kafka fueron algunos de los exponentes artísticos de esa época.

La nueva resistencia

La conmoción causada por el virus que paralizó al mundo y ha matado a 115 mil personas en tres meses ha sido tolerable gracias el alivio emocional que proporciona el arte.

Aunque aún es pronto para pronosticar los rumbos que tomará el arte cuando la ciencia venza al Covid-19, los artistas han reaccionado de forma inmediata para acompañar al público y defender sus modos de vida.

Eso no impidió que los tenores cantaran a sus vecinos. Esa solidaridad fue seguida por los conciertos en línea de cantantes populares. Los museos, las bibliotecas, las orquestas liberaron las restricciones para acceder a sus contenidos virtuales.

El domingo de Pascua, Andrea Bocelli ofreció un concierto de música religiosa frente a la plaza vacía de la Catedral de Milán para enviar un mensaje de esperanza a los italianos tan vapuleados por el virus que se cebó en sus ancianos.

La Orquesta Sinfónica de Miami ofreció un concierto por las redes sociales en el que los músicos siguieron desde sus casas la batuta del director Eduardo Marturet .

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